Detrás del edificio de la Telefónica

De WikiNovela

Detrás del edificio de la Telefónica hay un inmueble bastante grande, desde allí se ve otro edificio de ocho o nueve plantas y grandes balcones, en el que se esconde más gente de lo que se podría suponer a primera vista. Desde esta construcción de ladrillo rojo se ve otro edificio de piedra desde el que los vecinos observan o vigilan otra casa de nueve plantas, torre y azotea con piscina en la que, se dice, pasan cosas muy raras. Desde la azotea del edificio de los extraños sucesos se ven varias construcciones más y no todas están en la misma calle en la que viven Ricardo Rojas, sus amigos y su familia.

Todos estos rascacielos gigantes o en miniatura van formando lo que puede llamarse una maraña de edificios, por no decir un montón de ellos. Las ciudades grandes, como la capital en la que está el edificio de la Telefónica, están rodeadas de marañas de edificios o montones de viviendas en las que se esconden millones de personas parecidas a ti y a mí y a Marta Rojas; la diseñadora que todos creen en Londres, pero que en realidad vive casi en frente del apartamento de su padre. A pesar de que compró no hace mucho una casa en Bilbao, la necesidad de conocer la verdad acerca de la muerte de su madre volvió a traerla cerca de todo aquello que odiaba, marañas de edificios, montones de viviendas, revoltijo de vidas hirviendo bajo las luces de Matrix.

Detrás del edificio de la Telefónica, Ricardo Rojas Beira vive solo y rodeado de marañas de casas, viviendas, bloques, edificios, rascacielos, chalecitos, construcciones, avenidas, callejuelas... Vive solo cuando está en casa y cuando sale a cenar con Pili. Y está harto; se larga de aquí, hará la maleta, irá a la estación y se subirá al primer tren que pase.

Cuando Pili le trae el flan del postre, le dice muy serio que no volverá; no, señora, no, esta vez no volverá. A Ricardo Rojas le tiemblan las manos y le tiembla la lengua.

-Me voy a ir tan lejos que ni el fantasma de Macarena me va a encontrar, les gritó al salir. Iba tan enfadado que tropezó en la acera y se cayó con tan mala fortuna que se rompió la nariz, Pilar y uno de los clientes le llevaron enseguida al puesto de la Cruz Roja, y allí le dejaron porque tuvieron que volver al restaurante, aunque ya nadie quiso comer más.