El viaje a México

De WikiNovela

Como si se tratara de la joya de la corona de la colección, Ricardo aún guarda un neceser (http://portal2.lacaixa.es/Puntos_Estrella/Images/PI7061.jpg) que le regalaron en aquel viaje a México. Su empresa le envió a un congreso sobre redes de distribución. Fueron los cinco días más excitantes de su vida. Nunca antes y nunca después salió él de España. Ni siquiera para ver a sus hijos. Y fue la primera vez que voló. Sonríe -sonreía, mas bien; sonreía cuando aún se permitía burlarse de si mismo-, al recordar cómo casi se mareó al despegar.

Pero, sobre todo, recuerda a Lupe. Un humo sutil de tristeza, de añoranza y soledad cubre, por un momento, sus pensamientos. Quizá todo pudo ser distinto. Quizá.

Contenidos

Lupe

Lupe era morena y tenía cuarenta y cuatro años, uno menos que él en aquel tiempo. Era camarera del hotel "Fiesta Caribe" donde se alojaron. Ricardo la vio nada más entrar al restaurante. Él era por entonces un hombre bien encarado, y Lupe también le miró con un brillo de gula en los ojos que le duró un instante, que la dejó tan turbada a ella como a Ricardo.

Le encantaba el andar de Lupe. Aquel movimiento de cadera, la boca sensual que a él le parecía tan inusitadamente ancha -una continuación, las curvas de sus labios, del ondular de su cadera-, aquellos brazos morenos y de piel suave, aquellos ojos negros en los que tres días más tarde navegó en las dos mejores horas de su existencia.


La cita

Fue él el que le insinuó que le gustaría conocer la ciudad de México. El congreso terminaba, cada día, a las cuatro de la tarde de modo que tenía unas horas libres. Ella aceptó, entre risas, y le dijo que aquella misma tarde le enseñaría el Parque Hundido, allá cerca de la Insurgentes.

Vino puntual a las cinco. Ricardo se había pegado dos duchas y se había afeitado nuevamente. Incluso se echó un poco de aquella loción que, por lo general, sólo usaba los domingos. Cogieron un taxi y él la miraba ensimismado cuando ella le iba diciendo los nombres de las calles por donde pasaban, como si estuviera recitando una poesía minimalista y estática, una poesía frígida, de nombres propios y grandilocuentes, pero que sonaban a sudor, a sol y a ron, gracias al acento mejicano de Lupe. Miraba su perfil, sus labios, la forma en que se sentaba, sus gestos. Entonces, no tuvo conciencia de que se había enamorado, nunca se daba cuenta de nada de lo que realmente le importaba. Tan sólo que no había nada más maravilloso a lo que atender.

Sentados sobre una alfombrilla, comieron los tacos que ella preparó en el parque. Enseguida empezaron a contarse confidencias. Sin saber por qué. Cuitas que permanecían muy adentro y muy guardadas en la propia intimidad, salían espontáneamente y sin dificultad. Como si ambos hubieran encontrado a su otro yo. Su otro yo que ya lo conocía todo y al que, por lo tanto, no cabía ocultar nada. Ambos se maravillaban que el otro hubiera tenido un pasado sin su presencia. Ambos se preguntaban si había habido una vida antes de aquel momento.

El pasado de Lupe

Lupe había estado casada y tenía una hijita, María, aunque se divorció pronto. El día que dio a luz supo que su marido tenía "casa chica" que es como allá llaman a tener una amante. Ricardo jamás pudo entender como un hombre, cualquier hombre, podía necesitar otra mujer estando con Lupe.

Lupe aguantó otro año más intentando vencer en aquella pugna con una desconocida. Pero, finalmente, se divorciaron y quedó sola y con un bebé. Fue difícil. Años en los que debió trabajar diez horas al día mientras su madre cuidaba de María. Pero La Virgen de Guadalupe le había ayudado y había podido salir adelante.

Lupe le contó de su familia, de sus ambiciones, de sus tristezas y Ricardo descargó en ella la soledad de un matrimonio gris, la ausencia de ternura y la falta de vida auténtica. El sol tostaba a una, y quemaba a otro.

Aquella noche, bajo un Escorpio cuyas estrellas volaban de lado a lado de la bóveda oscura, se dieron el primer beso.

Ricardo conoció a Lupe esa misma noche, la conoció en el sentido bíblico, la reconoció en el sentido de toda la tierra, y al amanecer todavía se preguntaba cómo un hombre, cualquier hombre, podía necesitar otra mujer estando con Lupe...

Ella (¡Lupita bonita!) se había levantado ya cuando Ricardo despertó sin recordar en qué momento entregó sus sentidos al sueño. Se sentía el aroma de un desayuno caliente... café, huevos, hmmmm, perfecto... Entonces, cuando iba a llamarla para volver a la cama lo sobresaltó el fuerte sonido del teléfono en la habitación de al lado... Ricardo quedó congelado, pero al mismo tiempo comenzó a sofocarse.

Simón

-¡Simón! -escuchó a Lupe con voz que sonó a metal... ¿Quién era Simón?

La mente de Ricardo estaba siendo bombardeada por millones de pensamientos sin fundamento. Especulaba sobre quién podía ser ese hombre. Por lo que sabía de Lupe, no tenía conocimiento de ninguna otra persona que pudiera entrometerse en sus asuntos. Mas su voz se le antojó intranquila. ¿Quién podría molestarlos?

Estaba ciego de miedo. Sólo era una llamada telefónica pero ella se había ido a hablar a un lugar donde no podía oírla. ¿Y si ella no había sido sincera con él? ¿Y si al final tenía que escapar como cualquier cobarde o cualquier amante? ¿Y si Simón los hubiera espiado?

Simón, Simón, Simón... Ese nombre no paró de resonar en la cabeza de Ricardo. ¿Qué se suponía que iba a pasar? ¿Qué podría hacer? ¿Tendría que luchar por el amor de Lupe? ¿O acaso tendría que rendirse ante una sombra fantama que respondía al nombre que más iba a odia y temer a la vez el resto de su vida? Las sábanas estaban empapadas.