La Virgen de Guadalupe

De WikiNovela

Era mucho lo que le debía a La Virgen de Guadalupe. Primero, porque era ella quien la protegía. Luego, porque era la única que podía confiar. Y, finalmente, porque era su talismán de buena suerte.

Recuerda la primera vez cuando la Virge de Guadalupe la ayudó. Era una niña, había regresado a la casa, y había encontrado a su madre en la cama. Pensaba que estaba durmiendo; no se preocupó hasta la media noche, cuando su madre seguía durmiendo. Su padre había salido de viaje, y no iba a regresar dentro algunas semanas. Preocupada, intentó despertarla. La madre no respondía. Durmió con ella hasta el amanecer.

Era un día como el de los demás compañeros de clase. Tenía que levantarse temprano para ir al colegio. Escuchar retaílas de cuentas. Regresar a casa para almorzar con su madre. Hacer las tareas, y luego salir a la calle. Pero esta vez, porque su madre estaba enferma, tenía que estar cerca a ella.

Al día siguiente, estabas en el hospital. Un vecino te había llevado de urgencias. No pudistes ir con ellos. No tuvistes tiempo de prepararte para salir. Acaso, alcanzastes a tomar un bocadillo antes de irte al colegio. Aunque reclamastes acompañar a tu madre, tú no pudistes ir. Otra vecina se encargó de tí.

La noche que pasó -horas de sueño turbio; horas de vigilia somnolienta-, acompañando a su madre, cuando la dejaron, el rezo a la Virgen de Guadalupe, musitado, rítmico como olas de una playa desierta, fue un ovillo de palabras que se le anudó en el pecho, sobre la piel, y abrigado por la lana de su abrigo. El resto de las palabras, en ecos diminutos y siniestros, rebotaban desde las paredes y los vidrios de las ventanas del hospital, y volvían a sus oidos rebotando, como borrachas, deformadas por los espacios vacíos y pintados de blanco. El eco del rezo murmullado la hacía sentir, además de sola, abandonada.

Tu rezastes, m'hijita, claro que rezastes toda la noche. Toda la noche rezando, que parecías una santa, una santita, tan dulce estabas m'hijita. Sí que te dormistes a veces, claro, pero es que tu eras tan pequeñita, una muñequita eras, tan seria y tan triste, una muñequita, le conté a tu mami, le conté cómo estuvistes ahí a su lado, toda la noche...

¿Y qué es un sueño turbio? Soñar pesadillas y ni siquiera estar muy dormida. Un sueño turbio es cabecear de sueño sentada en una silla hecha de madera, de clavos, de barniz, y de nada más. Es soñar parpadeando, a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, es decir que sí con la cabeza y que no con la respiración.

Fuistes muy valiente, m'hijita, primero con esa carita de que no entendías nada, hasta que te distes cuenta de que tu mami estaba mal, y reaccionastes como una mujercita valiente, m'hijita, mi'hijita... tan valiente como era que fue tu mami cuando tenía tu edad, más valiente la verdad sea dicha, m'hijita...

Lupe cabeceaba, los ojos hinchados, frente al ordenador, las palabras suben como una lluvia proyectada en reversa, como un arcoiris de todo a cien, con cien colores...

Después volvistes más seriecita, pero te duró un tiempo, ¿sabes? y daba pena verte así como si fueras o fueses grandecita, yo lloraba por verte así, como una señorita dentro de una niña, pero te duró poquito, unas semanas, y después volvistes a ser la niña alegre que eras antes de la enfermedad de tu mami, m'hijita, bonita, qué contenta me puse.

El miedo que pasó esa noche no fue por las pesadillas, fue por los ecos que le lamían con lengua de gato los oidos, y transformaban lo piadoso de sus rezos en otra cosa, en otras palabras, en otro sentimiento. Lupe descubrió esa noche -la mañana siguiente, en realidad-, que ella, Lupe, era muy valiente.

Vuelve a abrir los ojos, y la pantalla del ordenador está como estampada por un mosaico de cartelitos saludándola, ofreciéndole dinero, pidiéndole fotos, ofreciéndoselas, insultándola, preguntándole cosas íntimas o no, contándole algún chiste, comentándole que...

Tu carita de valiente, tu carita de valiente...

Cierra la ventana del explorador, en vez de ir cerrando uno a uno los mensajes privados -demoraría siglos-, y, abriendo otra nueva, vuelve a entrar al chat. El primer privado -el nuevo primer privado-, la hace reír a carcajadas. "Eres un pendejo muy gracioso", le respondió...

Y no me querías contar, tú, a quién le habías rezado toditita la noche, hasta que te lo descubrí, ¿cómo fue? sí, ya me acuerdo, m'hijita, se te escapó sin querer, hablando con tu mami, m'hijita, y yo estaba ahí y te escuché todo. ¿Por qué no querías contarlo, m'hijita, te acuerdas por qué?

Deudora dice: pero q quiere sque te cunte?

A la mañana siguiente, al despertar su madre, mirarla e iluminársele la cara al verla a su lado, seriecita pero dulce, y con la mirada brillante, la alegría de que su madre volviera a quererla -a través de su mirada-, hizo que las cosas fueran, durante un chispazo de lucidez, claras como las paredes claras que devolvían sus rezos a la noche como lamidas de gato, como gusto de miedo, y ese chispazo de lucidez que tuvo le demostró, con claridad de suma o de resta, con claridad de pared de hospital, que ella era valiente.

Deudora dice: k dices, bonico, qe dices jajajajj

Deudora dice: jajajaja

Deudora dice: jajajajja

Deudora dice: ajajajja

Lupe, bonita, ¿qué dices?

Descubrió también que la Vírgen de Guadalupe la había ayudado, a pesar de la mala noche, a pesar de la deformación de sus rezos rebotando en las paredes blancas, entrando por las puertas entreabiertas de los baños, rebotando con los inodoros, con los azulejos apestados de lejía, y volviendo a ella, manipuladas por los espacios vacíos, llenándola de miedo. Descubrió que todo eso fue una prueba de su valor, y de la ayuda de la Vírgen de Guadalupe, porque contra todo siguió rezando, aunque el rezo -la ciénaga en que se transformaba ese rezo-, fue lo que más le costó afrontar, esa noche.

Después, mucho después, comprendió que fue el miedo lo que la mantuvo despierta.

Sí, m'hijita, claro que lo comprendo, pobrecita mía, si estabas muerta de miedo claro que no ibas a poder dormir.

Deudora dice: no n o no duermo tu tiennes sueno?

Deudora dice: jajajaj

Deudora dice: sisi, ers un pendejo,

Deudora dice: un pndejo pero q ue muy simpatico

Deudora dice: jajajaj

Pero el miedo, lo supo, fue la verdadera ayuda que le brindó la Virgen de Guadalupe esa noche. El miedo, la deformación que hizo el demonio -o alguno de sus ayudantes- de sus rezos, creyendo que conseguiría doblegarla, fue la herramienta que sirvió para que Lupe estuviera toda la noche -la mitad de la noche, que es lo mismo, si una es una niña-, despierta, velando a su madre.