Lupe

De WikiNovela

Lupe ya no es una niña, ya no. Prolongó su niñez, su adolescencia hasta más allá de los 40. Y creía que le duraría para siempre. Complejo de Peter Pan, le decían algunos. Ella siempre se sintió orgullosa de que otros le dijeran que parecía una cría.

Contenidos

Cinco días

Lupe vive enamorada del amor, de un amor que, ya entrada la cincuentena, no ha llegado a conocer realmente. La vida no la había tratado bien en un aspecto que para ella era "el aspecto", ¿qué sentido tenía todo aquel sufrimiento entonces?

Lupe piensa, Lupe siempre ha pensado mucho, tal vez más de lo que debiera... y últimamente ya no le encuentra sentido a nada. Lo único que le mantiene viva es el recuerdo difuso de los cinco días que años atrás pasó con un español (Ricardo se llamaba, lo recordaba bien). Cinco días. ¿Qué son cinco días en la vida de una persona? Cinco días en la vida de una persona pueden ser un universo de tiempo. El intervalo de ni siquiera una semana en su memoria era lo que la mantenía a flote durante aquellos agónicos últimos meses en los que la sombra del fantasma (algunos psicólogos lo llaman depresión) rozaba su "tan siempre loquita cabeza".

¿Qué sería de aquel hombre, aquel alma de ultramar que por apenas unas horas encendió en ella la chispa de la pasión y de algo que a ella, al menos, le había parecido el amor verdadero, ése del que siempre había oído hablar en canciones y películas y que toda la vida había perseguido?

Lupe está triste, le da muchas vueltas a lo que pudo ser y no fue. Lo único que parecía ahora insuflarle un poco de energía, y parece mentira, con lo torpe que había sido siempre ella para estas cosas, era un ordenador, regalo de su sobrino Marcos, un joven que había conseguido un importante puesto directivo en una multinacional textil en D.F. y que siempre había sido un apasionado de los unos y los ceros.

Aunque un poco reacia al principio, roto el hielo y superada la barrera tecnológica, Internet se había convertido en una válvula de escape para Lupe. Apenas salía de casa últimamente y esa ventanita, era en ocasiones (por no decir siempre) su única relación con el mundo exterior.

Gustaba de entrar en foros y chats y jugar a conocer gente y reinventar vidas e historias que nunca tuvo.

Su nick es Deudora y ya había conocido a varias personas interesantes en la red; mantenía una muy cordial relación de amistad sobre todo con una joven española que se hacía llamar DrPain.

Tenían mucho en común y muy pronto surgió entre ellas una gran complicidad. Casi siempre DrPain llevaba la iniciativa. Era más decidida, más echada para adelante. Lupe era algo más tímida. Tal vez la cohibía la diferencia de clase o formación. En el fondo sus almas parecían gemelas. En la vida de ambas había habido un Ricardo.

Y es así, de este modo tan casual, como dos personas deciden encontrarse en universos paralelos...en sentidos consentidos por la causalidad de los hechos. Lupe encontraba un refugio en el abrazo virtual de la Doctora...y ésta, por fin, veía la utilidad de sentir por la humanidad...algo que siempre le había causado demasiados problemas.

Conocése la empatía como cura de la deshumanización, pero DrPain tatuó en sus carnes el dolor de un alma arrasada por "esta cura". Y como mano que se funde en una húmeda mejilla, ella comprendió a la primera el latido de un corazón...el de Lupe..el de aquella mujer q decía deber algo, y que en verdad, la Historia era la que acumulaba sendas deudas a esta mujer de ojos cálidos. No visibles por aquella pantalla de ordenador..pero sí fáciles de sentir y clavar pupila con pupila, através de los golpes de tecla y silencios entrecortados..

Vida en soledad

Lupe vive sola, en un piso situado detrás del edificio de la Texaco. Por las tardes, se asoma a la ventana y mira a las prostitutas. Se divorció hace ya muchos años. Tiene una hija. Ya no le gusta ir a restaurantes, porque el aturdimiento lo busca frente a la pantalla de su computadora, pagando una conexión por cable que excede, ligeramente, el presupuesto que podría pagar. Cuando come fuera y sola -algún mediodía que tiene libre, y que no le apetece entrar a la cocina de su propia casa para prepararse la comida-, vuelve a casa nerviosa y habla en voz alta con el fantasma de Ricardo.

Nunca se le escapa la palabra "Ricardo", cuando habla con su fantasma, y su conversación con el fantasma de Ricardo se basa en canciones mientras barre la sala, y en alguna palabra malsonante si tropieza con un mueble, o en decir "veamos qué encontramos hoy" cuando enciende la tele, o la radio, o la computadora. Su conversación con el fantasma de Ricardo es, también, una parodia, y como tal la representa para si misma. Ella cree, quizás con razón, que el día que diga la palabra "Ricardo", será el que definitivamente le de la bienvenida a la locura. ¿Qué fue lo que te enamoró de Ricardo?, le pregunta, cada tanto, su propio reflejo sobre la superficie fría y platinada de alguna mesa, de algún bolígrafo, de algún espejito guardado -olvidado-, dentro de alguna cartera.

Ese gringo

Lupe ya no pregunta, en realidad. Sólo juega su rol de pesquiza amorosa frente a su propio orgullo. El tiempo en el que, sin piedad, se preguntaba a si misma sobre todo, sobre lo absoluto, sobre la enormidad, es un tiempo que ya ha pasado. Ahora, sus "por qué" son ritos, son un afeite moral que la deja indiferente, pero satisfecha. Lupe tiene secretos, pero los secretos ya no la excitan...

Más tarde -hace mucho tiempo-, se preguntará qué fue lo que la había excitado tanto -su excitación era la entrega que duró cinco dias-, de ese hombre apocado -un gringo-, que hasta no haberse derramado dentro de ella -porque eso fue lo que pasó cuando lo hicieron por primera vez, la primera vez que lo hicieron esa noche: Ricardo se derramó en un orgasmo que le hizo retemblar los músculos del estómago y que le hizo gruñir, mientras ella sentía que el sudor se le enfriaba de un golpe, mirándole la cara de fatiga, de fracaso, y de satisfacción a Ricardo, cuando se acostaba, boca arriba, a su lado. Pero eso sólo fue la primera vez-, no se atrevió a mirarla a los ojos sin defensas, sin acumular arruguitas despectivas en las mejillas.

Se preguntará, también, qué podría haberla enamorado de ese hombre que guardaba una foto de su mujer en la billetera, y que cada vez que la abría -para pagar un mojito, un café, a un taxista-, nunca podía descubrirle una mirada a la foto de su mujer, ni a la de los hijos que también guardaba. Nunca una mirada de culpa, de amor o de desdén o de odio, nunca mirar, siquiera, la foto de los hijos. ¿Cómo puedo enamorarme de este tipo tan horrible?. Pero se enamoró de ese tipo que llevaba un curco blanquecino en el anular, aunque durante los cinco días confundió al amor con el deseo, tiempo después aceptó que eso que escondía en alguna parte -en algún rincón, debajo de la cama, quizás en el reflejo de sus ojos sobre un espejo, sobre la mesa barnizada-, era amor no es amor, es algo aún más fuerte: ¡Estoy enamorada! aunque ni ella -ni él, claro. Él menos que nadie, en realidad-, lo merecieran, ni lo hubieran buscado.

Se le iban los ojos cuando nos cruzábamos con alguna prostituta. Este gringo, yo pensaba, cree que soy una aventurilla de viaje, cree que soy una puta a la que ni siquiera habrá que pagarle, porque está demasiado extasiada ante la piel blanca, los ojos verdes. Yo pensaba, yo pensaba... ¿querrá enamorarme para poder usarme? yo pensaba... pero me convencí bien pronto de que eran ideas mías, cuando en esa cara tan seria, tan fea, tan resentida que tenía Ricardo se le llenaban los ojos de amor cuando me miraba, cuando me desvestía torpe, de prisa, pero delicado. Lupe sabe -lo sabrá después, hace ya años-, que Ricardo no estuvo a la altura de su propio amor hacia ella. Reconoce también que ella no supo terminar de ponerlo entre la espada y la pared, y se siente responsable de la cobardía de Ricardo. Sabe bien que la cobardía de los hombres es la forma más sencilla de la cobardía de las mujeres; sabe que la huída cobarde de Ricardo escondío la propia, que fue, quizás, más miserable, porque en definitiva fue ella, y no él, quien tuvo en sus manos las claves de las decisiones de Ricardo.

A veces se preguntaba si él pensaba en ella. Al menos Lupe lo hacía a menudo. ¿Y si un día aparecía aquel hombre -que había juzgado como mujeriego- del que se enamoró? ¿Y si un día apareciera ese ramo de flores en la puerta de su casa como le prometió? ¿Y si las lunas nuevas, de verdad, despidieran esos rayos plateados que bendicen todas las canciones de amor?

Loca por él

Oh, de verdad estaba loca por él.... Cada avión que se dirigía al aeropuerto le decía: "¡Mira! Tal vez hoy sea tu día de suerte..."; y cada avión que emigraba le lloraba: "Lo siento. Ojalá pronto pueda traértelo de verdad".

Y así pasaron los años, soñando con esos momentos propios de comedias románticas, en las que hasta el más feo podía recibir a su chulo de playa diplomado y sensible o a su "top model" rubia y sin un pelo de tonta. Todas las historias de amor le hacían llorar y recordar aquellos cinco días.

Sus horas en internet le hacían dejar de imaginarse la vida de Ricardo para imaginar otra, aún más absurda. La gran tela de araña la atrapaba. Se cruzaban miles de historias de moscas de todo el mundo, miles de personalidades, miles de opciones, de llantos, de sonrisas... Todo se mezclaba en ese mundo en que ella era otra más, pero se sentía a gusto compartiendo sus vivencias con otros insectos mientras la gran araña interpretaba las vibraciones de los hilos y preparaba su mucosa boca.