Las prostitutas
De WikiNovela
Las prostitutas -una, todas, ninguna, cualquiera-, sonreían ante el estómago con pelo o sin pelo, gordo o flaco, y también estaban serias, o aburridas, o divertidas, o rabiosamente tristes o rabiosamente rabiosas, pero todas abrían las piernas y abrían las bocas ante los sexos grandes o chicos, gruesos o delgados, turbios o resecos, los penes de quienes pagaban mucho o pagaban poco, de quienes dejaban la propina antes o después del orgasmo que era lo único que importaba, lo único que hacía que valiera la pena pagar a ellas, las prostitutas, para que abrieran sus piernas y sus bocas bellas u horribles, depiladas o... porque las prostitutas podían ser de muchas maneras -y eran de muchas maneras-, pero eran todas iguales frente a la avidez de quien, abriendo su billetera, pagaba su abrirse de piernas, abrirse de fauces, y se dejara utilizar aunque la rebeldía del asco consiguiera que el polvo no valiera la pena, que el precio a pagar fuera excesivo aunque no hubiera precio en el mundo que pudiera pagar el precio que ha significado abrir las piernas, abrir la boca, y ser disfrutada, o no, mientras el tipo dice palabras cerdas o no las dice, o las murmura, o sólo las piensa, o quizás las dirá cuando se abroche los pantalones cubriendo el sexo manchado de placer, o no, realizado sobre el placer de otro placer que se ha pagado antes.
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El Cronista observa las prostitutas...
...sabiendo que su mirada no es la única. Se siente parte de un juego o de un ritual -en última instancia, se siente parte de una parodia, de un sarcasmo porco elegante y falto de puntería-, y siente el revolverse peludo, piojoso, de los manuscritos guardados en los bolsillos, reclamándole más letra, más palabrerío. El cronista es observado, también, desde la seguridad de que no tendrá -o, por lo menos, que no sacará de sus bolsillos-, las decenas de euros necesarias para ser tomado en cuenta, como para que su presencia sea aceptable durante el tiempo que corresponda.
El cronista, murmurante, levanta su vista hacia la ventana de Ricardo, y se inventa una silueta en esa ventana, sin saber si atribuirla a Ricardo, o al fantasma de su mujer. Vuelve a bajar su mirada hacia el desprecio de las prostitutas. "Despreciado por prostitutas", piensa, como si fuera el colmo de su caida personal el ser despreciado por quienes deben despreciar para no suicidarse.
La prostituta no sonríe
La prostituta no sonríe, no se ríe. La prostituta se ríe a carcajadas. La prostituta bromea -un último regusto a goma vibra, quedamente, dentro de su boca-. El tipo se va -sus piernas caminan, sus bolas oscilan; el tipo se aleja-, y la prostituta bromea con sus compañeras. Ninguna sonríe, ninguna se ríe. Todas bromean a carcajadas. Sus piernas están cerradas -cruzadas-, pero sus bocas están abiertas, y escupen sarcasmo, ironía, insulto. Ninguna prostituta es estúpida. El tipo se ha ido, y ya vendrá otro, con sus bolas que rebotan cuando camina, con su culo que se frunce si la prostituta se lo agarra, o se lo araña, o sólo si apoya su palma adelante, en la ingle, para protegerse del dolor que pueda haber, como si fuera un atisbo de defensa. O una parodia, o una burla.
El cronista pasa de frente...
...con su mirada baja, y las manos en los bolsillos, maltratando los manuscritos que se han acumulado y que, como siempre pasa después de un tiempo, ya han recibido el chispazo de vida que los convierte en roedores.
El cronista seguirá caminando, y pensará en cómo conseguir convencer a Juan de que la historia tiene sentido sólo si las prostitutas se deshumanizan.
-¿Cómo puedes tú sostener una historia así, de ese modo? -le preguntará Juán-.
-Pues por eso, Juan, por eso -le contestará-. El mejor narrador omnisciente. Las prostitutas, Juan, las prostitutas.
-Pero tío, vamos a ver...
-Hombre, yo sé lo que me digo. El mejor narrador, las prostitutas; tendrás todos los puntos de vista que quieras, desde todas las ópticas morales, todas las conclusiones.
-¿Qué puede concluir una prostituta a la que, encima, lo que cuenta no le interesa?
-Por eso, Juan. Vamos, ¿es que no lo ves? ¿Quién puede sacar las conclusiones más terribles? Alguien a quien lo que ve, en el fondo, nada le interesa...
Seguirán discutiendo, hasta que Juan perderá las ganas de discutir con Ricardo, y le dirá que se lo deje pensar, que ahora no puede responderle nada. El cronista sabe lo que eso significa -las ratas de sus pantalones también lo saben, y las siente morderlo, intentar rasgar la tela del bolsillo, mearle las piernas y cagárselas-. Una aspaviento de querer pagar la cuenta, y Juan la paga, aprovechando la llegada de la vuelta para irse, dejarlo solo.
Gladys mira la ventana de Ricardo...
...mientras bosteza, mientras masca chicle, mientras se rasca, mientras siente el viento y el polvo en la cara y en los brazos. Una sombra cruza los cristales, encorvada e imprecisa, y Gladys no llega a reparar en ella si no hasta la segunda vez que esa sombra aparece en la ventana, y se queda, como estampada, apoyada a un lado. Gladys mira el movimiento de la cabeza de esa sombra, y parece como si, cada, tanto, le respondiera a alguien que le habla, detras suyo.
Marylyn aún no ha llegado.

