Signo

De WikiNovela

Hace tiempo que las cosas parecen ir más despacio, como si la jubilación hubiese llegado tarde y mal encarada; una neblina asténica parece empeñada en negarle su realidad.

Si de algo gusta un hombre que llega a cierta edad, tras una vida ajetreada, es de la calma y la tranquilidad que la experiencia y los haberes de la vida le prometen.

Sin embargo, incómodo inexplicablemente e inquieto como quinceañero en plena crisis humoral, reclama intensidad al paisaje vago de su ventana, al sabor cansado del restaurante, a aquellos vinillos que ya no son lo que eran y a esa voz que nunca contesta.

No es que sea, inoportuno, el momento de las cuestiones existenciales con que algunos inauguran su tercera edad; más bien es una especie de sensación inconformista que cerca está de ser anuncio del regreso a su edad segunda (la primera es inalcanzable y la tercera... ¡que espere!)

Todo hombre guarda en el cajón de asuntos pendientes los caminos alternativos que algún día decidió inapropiados; entre recuerdos y fantasías podría, si quedase tiempo, completar muchos capítulos que perecieron antes de surgir. Tal vez sea, ésta, la hora de revisar ese abultado cajón.

Al fin y al cabo, la obra de su vida ya está escrita y queda medio libro en blanco; demasiado espacio para unas putas, unas copas y poco más.

Mientras tiende un velo amarillento el agujero anguloso de su ventana y entra silenciosa la sombra plateada del crepúsculo, Ricardo amasa su barbilla, distraído, rememorando aquella época lejana y grandiosa de su vida en que descubriera, por casualidad, su gran talento.

Cuando soltero también vivió solo durante bastante tiempo. Aquellos fueron tiempos de aprender, de errar y sobre todo de adaptación. Cuando la vida te queda delante las cosas resultan mucho más excitantes, aunque menos sólidas indudablemente.

Ricardo frecuentaba con su inseparable amigo Francisco, por aquellos tiempos de quintuplicar el Bachiller, un bar cercano al instituto de Jesuitas llamado familiarmente "La biblioteca" donde establecieran su campamento base, en la mesa más cercana a la mesa de billar (por si alguna aspirante a billarista precisara de sus altruistas intervenciones de auxilio pedagógico, que nunca hubieron). Mientras amortizaban las rentas del ingenio; exhibían patillas semicanosas, logradas a partir de crema dental a modo de gommina, bajos de pantalones tomados con pegamento de contacto, paquetes de ducados rellenos de cigarrillos rellenos, y un sinfín de genialidades que hoy no pueden menos que extraer una sonrisa involuntaria de la boca de quien lo recuerda.

A esas edades, la mente carece del sentido del absurdo y deshinibida completamente; es capaz de los partos más explosivos que nunca volverá a intentar, sin llegar a descubrir si había algo de provecho en ellos. No sólo una arriesgada tertulia política, o una, más arriesgada, apología de ateísmo fraguaban en aquella mesa, siempre salpicada de obscenas inquietudes; a veces, amparados por la nube de humo requemado de los ducados y el bullicio propio de todo gallinero juvenil, se arrancaban a capela improvisadas canciones a dos voces que poco o nada tenían que envidiar a las tan populares obras de zarzuela del momento.

De hecho, fue la facultad de improvisación musical y su abundante fantasía la que, en vanidoso alarde de galanteo que decía provenir de una estrella farandulera, tocó las puertas del corazón inaccesible de María, su difunta esposa, algunos años después.

Dotado, como estaba, de un extraordinario oído musical y de una voz que aún no renunciaba a los agudos propios de las voces blancas; no había sensibiidad que no gustase de su repertorio. Lo malo fue que también aderezaba, con frecuencia, sus conciertos con letras menos brillantes y un tanto más ofensivas, cuanto más cómicas, a los oídos de las autoridades jerárquicas del instituto que terminaron por invitarle a la ignorancia, que gustoso practicaba, para el resto de su vida.

Así fue como su don muscial le puso en las puertas de la compañía eléctrica con ayuda de los amables curas, le separó para siempre de Francisco, del billar y de la crema de dientes en las patillas y le puso, en poco tiempo, la alianza con el nombre de María, que aún rodea su anular.