VidasProdigiosas2
De WikiNovela
Ricardo vive solo, en un piso situado detrás del edificio de la Telefónica. Por las tardes, se asoma a la ventana y mira a las prostitutas. Se quedó viudo hace tres años. Tiene dos hijos. Su hijo mayor, Andrés, vive en Berlín; da clase de matemáticas. Y su hija Marta está viviendo en Londres. Ella trabaja en cuestiones relacionadas con el diseño o la publicidad, no lo sabe muy bien -él, cuando piensa en su hija, unas veces piensa en ella como publicista, y otras, como diseñadora, y nunca se ha dado cuenta de ello-. Le gusta ir a restaurantes, donde se aturde con el vino y con la copa de después del café. Mirando la copa de brandy, piensa que debería estar tomando un mojito, sudado y abanicándose. Cuando come fuera y solo, a veces regresa a casa borracho y habla en voz alta con el fantasma de su mujer.
Hasta su jubilación, recorría España supervisando instalaciones eléctricas. Conserva, de sus viajes, una colección de jabones y de cepillos de dientes y de frasquitos de colonias que recogía de los hoteles. A veces viajaba en preferente, y entonces se traía, enteros, los estuches de la comida, que ha empezado a momificarse -la pudrición de lo reseco-, dentro de un armario lleno también de cubiertos de plástico, de biblias antiguas y de toallitas húmedas. Tal vez esa costumbre se le debe a su mujer, que le gustaba coleccionar objetos del avión, ya que le parecían signo de riqueza.
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El viaje a México
Como si se tratara de la joya de la corona de la colección, Ricardo aún guarda un neceser (http://portal2.lacaixa.es/Puntos_Estrella/Images/PI7061.jpg) que le regalaron en aquel viaje a México. Su empresa le envió a un congreso sobre redes de distribución. Fueron los cinco días más excitantes de su vida. Nunca antes y nunca después salió él de España. Ni siquiera para ver a sus hijos. Y fue la primera vez que voló. Sonríe -o más bien sonreía cuando aún permitía burlarse de sí mismo-, al recordar cómo casi se mareó al despegar.
Pero, sobre todo, recuerda a Lupe. Un humo sutil de tristeza, de añoranza y soledad cubre, por un momento, sus pensamientos. Quizá todo pudo ser distinto. Quizá.
Los hijos de Ricardo
Ricardo suspira. De pronto, cae en la cuenta de que está solo. Y, lo que es peor, ha estado siempre solo y eso no tiene vuelta atrás. Con todos sus viajes, perdió la niñez de sus hijos y cuando quiso recuperar el tiempo perdido, ellos ya habían llegado a la edad en que lo último que desean es la compañía de sus padres. Andrés, su hijo, le salió un pitagorín. No se explica de donde sacó esa capacidad. De él no, desde luego. Y de su madre, menos aún. Hace ya casi un año que no le ve. Recibe, eso sí, un par de llamadas al mes desde Berlín. Siempre lo mismo. Suena el teléfono, se oyen unas voces en un alemán que él nunca entiende y luego tres minutos de "¿qué tal estás?", "todo bien por aquí" y "cuídate". Sabe, eso sí, que trabaja cerca de la capital y que, además de dar clases, está sacándose el doctorado con un estudio sobre algo que desarrolló un tal Gödel. O algo así. Porque a Ricardo, esos nombres extranjeros nunca se le han dado bien.
Marta, su hija, siempre quiso viajar. Su madre la apuntó pronto a clases de inglés. Primero, con una prima suya, unos años mayor que ella, y que sabía algo de aquel idioma por el hecho de que se carteaba con un noviete inglés que había conocido en San Sebastián. Más adelante se apuntó a clases y cuando llegó a los veinte sorprendió a todos diciendo que se iba a estudiar a Inglaterra. No hubo manera de convencerla para que se quedara. Desde entonces, allá está. Hace también un año que no la ve.
Los vecinos de Ricardo
Juanjo es vecino de Ricardo. También es jubilado, soltero, de edad avanzada, con varias aventuras amorosas detrás. En los tiempos libres escribe en una Remington heredada de sus abuelos. Aunque el deambular del tiempo le dice que es hora de regresar a su oficio, pasa las horas mirando a las prostitutas. Para alimentar sus historias también espía el hacer diario de sus vecinos. Desde hace varios meses tiene cazado a Ricardo. A veces, tal vez por esa innata curiosidad de escritor, o quizá sólo por pasar un rato ocioso, visita a Ricardo en su apartamento. Ambos se ponen hablar hasta altas horas de la madrugada. Luego regresa a su cuarto a dormir. Por las mañanas, antes del desayuno, lee unas páginas de El Gatopardo de Lampedusa, del que siempre le ha gustado esta frase: Es necesario que todo cambie para que todo permanezca igual. Como si fuera la síntesis de su vida y de su destino en ella. Son pensamientos que vuelca en un diario.
Nostalgia
Cada noche y cada día Ricardo debe conformarse con su recuerdo. Siempre la misma rutina. Come fuera. Llega tarde a casa. Manteniendo la tradición de años, discute con la sombra de su mujer y, luego, se acuesta y deja que las memorias de Lupe le arrullen hasta dormirse. Hace años que se duerme pensando en aquellos negros ojos.
Ricardo piensa en todos los años que ha malgastado, repartiendo la apatía entre un trabajo que no le gustaba y un hogar que le era lejano. Y siempre, con el recuerdo -lejano ya, pero persistente- de Lupe. Él siempre ha tenido mala memoria, pero no es con la memoria con lo que recuerda los cinco días de calor y de Lupe.
Cuando su mujer murió, intentó volver a buscarla. Llamó al restaurante del que aún guardaba una tarjeta -no metida entre los jaboncitos de la colección sino en su cartera, junto a esos tesoros que son, para un hombre mayor y aburrido, las fotos arrugadas de los hijos que sonreían cuando los fotografiaban-. Le dijeron que había dejado el trabajo casi diez años atrás. No sabían dónde estaba ni qué había sido de ella. Telefoneó, también, al hotel pero allí no la conocían -le atendió un tipo que sonaba tan ridículo, al teléfono, como Ricardo se sentía haciendo esa llamada, larga distancia, desde su movil cargando la batería en la cocina-.
Así que cada noche y cada día debe conformarse con su recuerdo. Siempre la misma rutina. Come fuera. Llega a casa. Manteniendo la tradición de años, discute con la sombra de su mujer y, luego, se acuesta y deja que las memorias de Lupe le arrullen hasta dormirse. Hace años que se duerme pensando en aquellos negros ojos.
Miguel
Poco a poco, la mente de Ricardo fue volviendo a la realidad del presente. Estaba en su casa, en su cama, solo y sudado. Tenía en su mano el teléfono, y al otro lado reconoció la voz de un amigo Miguel; amigo, por decir algo.
-Ricardo, ¿damos un paseo?
-Me da pereza, Miguel, prefiero quedarme en el sillón
-¡Venga, hombre! Tienes que animarte. Salir, despejarte, andar, que es bueno -insistía Miguel alargando la 'o'-. Tienes que conocer gente, podemos irnos de excursión, subir al monte. ¿Y si nos vamos a unos de esos viajes a Benidorm? Mi hija me dice que están muy bien. ¡Y podemos irnos los dos!
Ricardo no soportaba a Miguel cuando se ponía así de pesado, de insistente, de machacón. Porque era a menudo. Era como tener un pequeño pepito grillo subido al hombro, un pequeño confucio asintiendo o negando y agitando su dedo índice con pequeños 'tacs', 'tacs' silenciosos en el aire. Y su voz chillona le irritaba aún más, sobre todo cuando estaban en un bar en el que todos se enteraban de que Ricardo tenía que ser más animado, 'más marchoso', como decía entre risas.
-Que sí, coño, Miguel, que tienes razón, pero no ahora. No estoy de humor.
-¿De humor? ¡Coño, Ricardo, llevas tres años sin humor, con lo que tú has sido! Mira tus hijos, ya tienen sus vidas. No te puedes pasar el día en casa o en el bar. Te vas a ir consumiendo. La vida continúa y hay que buscarse alicientes.
-Estaba pensando en México. De cuando fui allí, ya sabes, de cuando viajaba y...
-Sí, sí, ya sé -le interrumpió Miguel molesto-, ¿ya estás otra vez pensando en el pasado? Chico, ábrete horizontes. No eres un niño pero estás hecho un chaval. ¡Si te cuidases un poco más!
-Me recuerdas a mi hija. O a mi mujer en sus peores momentos -respondió con amargura.
-Mira, les voy a llamar a José y a Fede y a ver si nos vamos a cenar por ahí.
-Vale, vale, lo que tú digas -replicó Ricardo evasivamente-. Con tal de no oírte...
De nuevo, sentado, inerte, quiso dudar sobre el tráfico sentimental que le suponía la nueva figura de Simón. Cuando se atrevió a moverse unos centímetros de la posición en que reposaba el cuerpo -para nada la mente-, se quedó helado, tan frío que la desconocida persona de Simón junto a "su Lupe" le calentó hasta deshacer el cubito de hielo donde se congeló. También ayudó a este calentamiento Miguel, el hombre de la voz de "pájaro carpintero", sobre todo cuando más le molestaba. Nunca se lo decía, pero lo pensaba. Miguel, el tío que intentaba navegar los océanos -no lagunas- mentales de su amigo, accedió a marcharse en cuanto volvió a convencerse de que Ricardo cada vez estaba más necesitado de una medicación: amor; amor con mayúsculas.
El protocolario recuento
Ricardo, cuando cumplió con el protocolario recuento de su colección de jabones (nada nuevo, ningún cambio), se atrevió a bajar las escaleras de su edificio. El que no se hubiera marchado con Miguel no era casual, respondía a la necesidad de la soledad, donde él mejor nadaba; y más ahora, donde aparecía la figura ensombrecida del tal Simón entre tenues luces parpadeantes. El solo hecho de descender, con ese rostro angustiado, famélico hasta la exanimidad, le hizo pensar -tornando fugazmente a la pedantería-, en el viaje de Dante junto a Virgilio hasta los infiernos -un viaje que no había leído, de un libro que no había leído-, y suspiró por la boca y la nariz; el suspiro de las ocasiones especiales.
Una decisión necesaria
Vacío; hueco. La nada. Eso había sido. Hacía mucho tiempo que olvidó su infancia, su alegría (exceptuando a Lupe, claro); pero no estaba dispuesto a seguir viviendo triste y gris, no; esta vez iba a hacer algo. Tenía dinero suficiente para permitirse algún que otro viaje a México. En realidad eran ahorros que empezó a guardar a su regreso a España por si algún día quería o necesitaba volar a América.
El fantasma de su mujer
El fantasma de su mujer no vive sola -Su existencia es nebulosa y se desarrolla en una dimensión intermedia entre las tres que habita Ricardo, y la de los demás fantasmas y apariciones. cuando Ricardo está en casa, silencioso o monosilábico, y definitivamente malhumorado, es como si lo estuviera, pero ella no quiere aceptarlo, ni Ricardo consigue imponerlo-, en el piso situado detrás del edificio de la Telefónica. Por las tardes, se asoma a la ventana y mira a las prostitutas junto a Ricardo. Intentando que él note su presencia entre pecho y espalda, aunque sin lograrlo. El fantasma de su mujer odia a las prostitutas pero odia aún más a Ricardo. Se divorciaron hace ya muchos años. Tuvieron una hija y también un hijo que Ricardo supone propio, pero que el fantasma de su mujer -con la sola prueba de haberle metido los cuernos nueve meses antes de su nacimiento-, cree que no es de él, sino del marido de Pili, la dueña del restaurante.
Al fantasma de su mujer nunca le ha gustado ir a restaurantes, porque el aturdimiento siempre lo ha buscado frente al silencio sordo de Ricardo, hablándole sin pausa y sin sentido, aprovechandose de la entrega conque él la escucha ahora que está muerta -y la escuchaba cuando aún vivía.
De todos modos, sabe que Ricardo cuando vuelve a casa algo borracho y tembloroso de nerviosidad, se someterá a su charla y a sus acusaciones, y responderá, y aceptará todo lo que diga.
El fantasma de su mujer consigue, cada tanto, meterse dentro de la cabeza de Ricardo -esto, cuando llega al grado sutil de evanescencia necesaria como para colarse entre los pliegues del cerebro de Ricardo, y leer a través de los mismos con paciencia de entomólogo, con precisión de cirujano o de carnicero-, y, por ello, gracias a esas pesquizas de las que Ricardo tampoco es conciente, supo, después de muerta, que Ricardo a su vez también le había sido infiel en vida, y que su infelicidad era, en gran medida, motivada por haber dejado en México a quien debería haberse entregado cuando pudo y debía, a Lupe...
El fantasma de su mujer se regodea con el sufrimiento de Ricardo, su venganza es el haber descubierto lo mucho que Ricardo perdió cuando dejó que los cinco días fueran eso, sólo cinco días.
Ricardo es un cobarde, y el fantasma de su mujer lo sabe. Aunque no es demasiado inteligente, lo es lo suficiente como para saber que la tortura más fina es la que puede infligirle sin mencionar a Lupe, ni a Mexico, ni a los cinco días de amor desesperado de hace décadas.
La venganza del fantasma de su mujer es una venganza que gotea sobre Ricardo, le orada, y le deja imposibilitado de acción y decisión.
Los otros fantasmas de Ricardo
Macarena no era el único fantasma de su vida. Sus hijos, Marta y Andrés, no existían para él. A veces recibía alguna noticia o llamada pero no le importaba ne absoluto. Siemrpe buscaba la manera de cortar las conversaciones pronto y nunca les contaba nada interesante. Su infancia se extendía por la casa, que los conocía ya mejor que sus propios padres. Ellos habían crecido entre los rincones y los juguetes, con el amor justo para su supervivencia. Ricardo siempre creyó que las llamadas de su hija eran el pago por haberle ofrecido siempre los mejores colegios de pago que pudieron permitirse, aunque nunca sabría que ella guardaba la esperanza de resucitar al padre que él nunca quiso ser.
Andrés, en cambio, se había olvidado del tema. Sabía lo justo de su padre y su padre sabía lo justo de él. Cuando Macarena murió se vieron por un par de días, pero en seguida volvió a volar a Berlín. "No es que lo odie. Lo que ocurre es que no le preocupo, y eso me duele. No puedo soportar estar con alguien que no quiere mi compañía". Andrés había sido un chico obediente pero tenía su propia mentalidad e ideas. Supo aguardar el momento en que dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida. Lo último que Ricardo oyó de él era que andaba saliendo con una chica de su clase. "Este crío nos ha salido mal. Nunca creí que podría llegar a hacer un doctorado y buscarse una pareja. Siempre fue servil y obediente; nunca plantó cara como un hombre de verdad. Era un mierda. Era un puto maricón".
No obstante, Marta y Andrés sí conservaron una relación más fuerte, no en balde crecieron juntos, enseñándose mutuamente. Andrés la protegía y ella, a cambio, le recordaba que ser un niño era importante. Afrontaron todos sus problemas juntos. Juntos corrían por la casa y pintaban y saltaban y cantaban y bailaban. Sus padres nunca los llevaron en sus viajes importantes, así que aprendieron pronto a subsistir solos y a buscarse la vida. El aya que los cuidaba no se tomaba tampoco muchas molestias, aparte de vaciar la pequeña bodega de los vinos baratos que recibían los amos.
"Nunca debí haberme casado. Las mujeres son un puto vicio. Uno las ve, se las folla y las deja. Para eso están, para ser putas; no para ser esposas de nadie". Ricardo culpaba a todas las mujeres de su desdicha ya que nunca se confesó que él había sido el causante de todos sus males y los de sus familiares y amigos.

